15 Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; 16 no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. 17 Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.
Hebreos 12:15-17
El texto principal de esta reflexión es muy confrontante; hace uso de la expresión “Mirad bien”, que aparece en varias oportunidades en la carta a los Hebreos, para transmitir una exhortación y advertencia solemne que debe ser tomada con mucha seriedad por todos nosotros. En esta ocasión nos pide que miremos bien, no sea que haya algún fornicario o profano entre nosotros.
Definamos inmediatamente el significado de estas dos palabras:
La palabra fornicario se refiere a una persona que practica la inmoralidad sexual. Aunque el sentido más directo de la palabra está asociado a la práctica de cualquier tipo de inmoralidad sexual, también es cierto que en la Biblia se puede utilizar como referencia al adulterio espiritual. La Biblia describe en algunas partes nuestra relación con Dios en términos de un matrimonio. Por esa razón, cuando rompemos nuestra relación con Dios o somos infieles a Dios, abandonándolo a él por otras cosas, eso es una especie de fornicación o adulterio.
En cuanto a la palabra profano, esta significa irreverente, vulgar, vil. Se refiere a una persona que trata algo que es sagrado sin el debido respeto. En ese orden de ideas, el verbo profanar significa hacer un uso indigno de aquello que se considera honroso o respetable.

El ejemplo que presenta el texto inicial es el de un hombre llamado Esaú, cuya historia encontramos en el Antiguo Testamento en el libro de Génesis. De la misma manera que encontramos en Hebreos 11 hombres de fe, a los que somos llamados a imitar, también encontramos aquí el ejemplo de un hombre profano, al cual, por supuesto, el autor de Hebreos no quiere que imitemos, por lo que dice: “que no haya alguno entre vosotros”.
Los hombres de fe fueron personas que vieron lo invisible por la fe, que le dieron más importancia a las cosas celestiales e invisibles, que a las terrenales pero visibles. Por su parte, el hombre profano llamado Esaú fue uno que le dio más valor a lo terrenal y pasajero que a las cosas celestiales y eternas.
Con mucha frecuencia los seres humanos dejamos de considerar, sea por ignorancia, por descuido o por conveniencia, el alto valor de las cosas que tenemos de parte de Dios. Cuando esto sucede las menospreciamos y tratamos como baratijas.
Por ello, vamos a considerar la historia de Esaú con el fin de tomar algunas reflexiones importantes para nuestra vida. Leamos Génesis 25:27-34:
27 Y crecieron los niños, y Esaú fue diestro en la caza, hombre del campo; pero Jacob era varón quieto, que habitaba en tiendas. 28 Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza; mas Rebeca amaba a Jacob.
29 Y guisó Jacob un potaje; y volviendo Esaú del campo, cansado, 30 dijo a Jacob: Te ruego que me des a comer de ese guiso rojo, pues estoy muy cansado. Por tanto fue llamado su nombre Edom. 31 Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura. 32 Entonces dijo Esaú: He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura? 33 Y dijo Jacob: Júramelo en este día. Y él le juró, y vendió a Jacob su primogenitura. 34 Entonces Jacob dio a Esaú pan y del guisado de las lentejas; y él comió y bebió, y se levantó y se fue. Así menospreció Esaú la primogenitura.
No cambien lo sagrado por lo que no tiene valor
Primeramente, quiero que entendamos qué fue lo que Esaú vendió. Recordemos que Esaú y Jacob eran hermanos mellizos, pero el primero de los dos en nacer había sido Esaú y, por lo tanto, él tenía el derecho de la primogenitura.
Entre los hebreos, al igual que en otras culturas de la antigüedad, el primogénito gozaba de muchos privilegios, especialmente en el reparto de la herencia de sus padres. Como tal, tenía derecho a una doble porción de todos los bienes (Deuteronomio 21:17) y, además, la preeminencia y autoridad entre sus hermanos, incluso mientras el padre aún vivía (cf. Génesis 27:29; 49:3).
Por si esto fuera poco, en el caso de la familia de Abraham, de la cual Esaú era parte y que era la familia de la promesa, la primogenitura tenía un valor muchísimo más grande porque se relacionaba con la herencia de la promesa que Dios le hizo a Abraham: el pacto de una tierra, de una gran nación, de una bendición extraordinaria y, sobre todo, del Mesías salvador.

Así que no cabe duda de que el título de la primogenitura era un regalo sagrado de gran valor e importancia.
En alguna oportunidad leí sobre la historia de cómo fueron hallados los rollos del mar Muerto, un descubrimiento que fue extremadamente importante. Un beduino encontró en una cueva varios rollos antiguos de textos bíblicos. Inicialmente, esta persona no entendía el gran valor que estos rollos tenían y por ello los vendió a un precio muy bajo. Algunas fuentes dicen que vendió cada rollo a un valor que oscila entre los 7 y 28 dólares. Un tiempo después, el Estado de Israel compró cuatro de esos rollos por 250.000 dólares. Hoy día, el Estado de Israel no vendería estos rollos a absolutamente nadie por ningún precio. El beduino que descubrió estos rollos seguramente se lamentó muchísimo cuando supo del valor que en verdad tenían.
En un sentido, le ocurrió lo mismo que a Esaú, ya que este no fue consciente del valor tan alto que tenía su primogenitura y la trató como si fuera cualquier cosa. Esa primogenitura no tenía que ver solo con que le fuera bien en la vida, tuviera muchos ganados y poseyera grandes riquezas; esa primogenitura tenía que ver con las promesas de Dios para el futuro que van más allá de esta vida, puesto que son para la eternidad.
Pero Esaú las vendió por algo muy insignificante en comparación. Las vendió por una sola comida, por un guiso rojo. El autor de Hebreos hace énfasis intencionalmente en “una sola comida” para mostrar lo absurdo de su actitud y el menosprecio tan profundo hacia algo tan valioso. No es que, si hubiesen sido más comidas, estaría bien o hubiese valido la pena. ¡De ninguna manera! Aunque fuesen un millón de comidas, hay cosas que simplemente no se venden ni se negocian.
A diferencia de Esaú, la Biblia nos presenta personas que sí le dieron más valor a las cosas verdaderamente importantes: tenemos a Abraham, que abandonó toda su vida en su ciudad natal, Ur de los caldeos, para ir a un sitio desconocido confiando únicamente en la palabra de Dios; tenemos a los patriarcas que vivieron como extranjeros en una tierra que se les había prometido en posesión y que no renunciaron a ella; tenemos a Moisés, que teniendo el título del hijo de la hija del Faraón, menospreció todos los privilegios que esto representaba para ser maltratado y humillado con sus hermanos los israelitas.
Ahora bien, antes de aplicar esto a nuestra vida, conviene que nos preguntemos: ¿qué tenía que ver todo esto con los hebreos, quienes eran la audiencia original de esta carta? ¿Qué era lo que ellos estaban a punto de vender o cambiar? Algunos de ellos iban a cambiar el nuevo pacto por el antiguo; la gracia de Dios por la ley de Moisés; a Cristo por los ritos y los sacrificios de animales del Antiguo Testamento. El autor de Hebreos les dice: no sean profanos, no cambien lo más precioso y excelente que tenemos en Cristo por aquellas cosas que ya pasaron.
Y ¿cómo se puede aplicar esto a nosotros hoy? Pienso que una manera de hacerlo es observar la actitud de las personas sin Cristo que dicen: Yo prefiero gastar mi vida en fiestas, bailes u otro tipo de entretenimientos en lugar de vivir para Dios. Es la actitud de las personas a las cuales su amor excesivo hacia los bienes materiales les quita el tiempo y las energías que deberían enfocar en Dios.
Para los que somos creyentes puede verse cuando quienes somos casados tratamos como algo profano las relaciones sexuales y por un momento de placer contaminamos nuestro cuerpo, nuestra alma y dañamos la confianza de nuestra familia. O también, cuando cambiamos la Palabra de Dios y la oración por el entretenimiento.

Por supuesto, no tiene nada de malo descansar y divertirnos sanamente, así como no tiene nada de malo disfrutar de un delicioso plato de guiso rojo. Pero queremos honrar a Dios dándole a cada cosa su valor y lugar correcto. Los cristianos no debemos vender nuestra pureza, santidad, integridad y testimonio por cosas que parecen placenteras en el tiempo presente, pero que nos quitan la atención de lo más importante.
Tengan cuidado con los momentos de cansancio
Es en los momentos de cansancio físico, mental, emocional y espiritual, o también en los tiempos de gran angustia o dificultad, cuando más nos vemos tentados a ser infieles a Dios o profanos, cuando más fácil nos resulta ceder aquello que tiene valor: la Palabra, las promesas de Dios, nuestros principios y valores de vida como cristianos.
Veámoslo en el caso de Esaú:
Primero, había una situación personal que propició su manera de actuar: él estaba en el campo, posiblemente por varios días, o quizá desde muy temprano en la mañana. La zona en que vivían en ese momento era una zona desértica al sur de la tierra de Canaán, es decir, el desierto del Neguev. Él estaba cansado por el sol abrasador, la sed y la fatiga física.
En segundo lugar, hubo un ofrecimiento tentador: su hermano Jacob había preparado un delicioso potaje o guiso rojo (v. 29) y tenía un plan para obtener la primogenitura de Esaú (v. 31). También le dijo: “véndeme tu primogenitura”, es decir, entrégamela, renuncia a ella, abandónala.
Nuevamente, pensemos primero en lo que esto significaba para los hebreos que recibieron esta enseñanza originalmente. Por lo que sabemos de la carta, ellos estaban viviendo tiempos harto difíciles. Los estaban persiguiendo, matando y encarcelando por su fe en Jesús. Sin duda, lo más fácil para ellos era renunciar a Jesús para que dejaran de perseguirlos, pero eso significaría que estarían vendiendo a Jesús por un plato de guiso rojo; estarían dejando lo más valioso por el temor a las circunstancias adversas que vivían en su tiempo.
También nosotros enfrentamos en nuestra vida situaciones difíciles en las cuales lo más sencillo sería abandonar o vender lo sagrado. Esos son los momentos en los que llega la tentación con más fuerza.
Quizá tenemos problemas económicos graves y el dinero no está alcanzando, o acabamos de perder nuestro empleo. En ese momento llega hasta nosotros el olor de un delicioso guiso rojo. El diablo, en la forma de un amigo, un conocido o un familiar, nos ofrece el negocio de nuestras vidas, pero eso implica mentir, falsificar un documento o hacer algo deshonesto. ¿Deberíamos vender nuestra honestidad e integridad por un trabajo?
O tal vez somos solteros y nos sentimos muy solos. Estamos viviendo momentos emocionales muy fuertes y las cosas no están marchando como quisiéramos. En ese momento, se aproxima el adversario y nos presenta una mujer muy atractiva o, en el caso de las mujeres, un galán que los invita a la inmoralidad o la desobediencia. ¿Deberíamos vender nuestra pureza y santidad por un hombre o una mujer?
Estamos casados y tenemos dificultades en nuestra relación de pareja. Quizá son problemas de comunicación, tal vez todo se ha vuelto monótono y pensamos que se perdió el amor. ¿Venderemos nuestra lealtad o nuestra fidelidad, y traicionaremos la confianza de nuestro cónyuge, con quien hicimos un pacto solemne y exclusivo delante de Dios?

En realidad, ustedes podrían pensar en cualquier otra situación en la que nos sentimos vulnerables, cansados o débiles. El razonamiento básico del profano e inmoral es: tengo hambre, debo comer. No me importa de dónde provenga ni cuánto tenga que pagar por ello. O, en las propias palabras de Esaú: “He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?”.
Estas palabras parecen un chiste, pero de muy mal gusto. ¿En serio, Esaú? ¿En verdad piensas que tu primogenitura vale un plato de lentejas? Es la misma actitud de los que dicen: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Vivamos como sea que igual nos vamos a morir y con la muerte se acaba todo.
A diferencia de estos, los hombres de fe dijeron: Sí, nos vamos a morir, pero las promesas de Dios van más allá de esta vida. Así que son más valiosas que cualquier cosa en este mundo presente. Por el tesoro de las promesas de Dios vale la pena entregar hasta la vida misma.
Recuerden que hay cosas que no se pueden recuperar
Como último punto, consideremos Hebreos 12:17. Este versículo se refiere a un evento posterior a la venta de la primogenitura en el que Esaú quiso la bendición que su padre Isaac le iba a dar antes de morir. En ese momento Esaú lloró amargamente por su bendición, pero ya no hubo oportunidad para el arrepentimiento.
Hay una frase popular que dice: “No tiene caso llorar sobre la leche derramada.” Hay cosas en la vida que una vez perdidas no pueden recuperarse.
Por supuesto que en Dios siempre hay perdón y oportunidad para la restauración. Pero también es cierto que hay grandes consecuencias cuando cambiamos lo sagrado por un placer temporal, y podemos transitar por un camino extremadamente doloroso que nos habríamos evitado si hubiésemos confiado en Dios y seguido su palabra.
El costo de ese plato de lentejas fue más alto que el de haber resistido un poco el hambre y el cansancio.
Por eso, cuando seamos tentados, busquemos ayuda en el Señor; a pesar de lo difícil que pueda ser, en Dios siempre hay una salida. Resistamos, no nos dejemos llevar. Recordemos que las promesas de Dios no se negocian a ningún precio.
Permíteme concluir con dos declaraciones finales:
Primero, para los incrédulos, es decir, los que no quieren poner su confianza en Cristo y persisten en su vida sin Dios. A estos les digo: los que no valoran lo eterno un día llorarán sin esperanza, vivirán en las tinieblas eternas donde será el lloro y el crujir de dientes.
Y para quienes creen en Cristo, los que se han rendido a sus pies y han recibido por gracia el perdón de pecados y la salvación. A estos les digo: atesoremos cada día, sin desmayar, el valor de las cosas eternas y vivamos vidas que reflejen nuestra fe en Dios y en sus promesas. Cultivemos una vida de gratitud y de servicio a Dios porque tenemos como herencia un reino celestial e inconmovible que pronto será manifestado plenamente.