5 Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. 6 Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno.
Colosenses 4:5-6
El tiempo y las palabras son dos recursos valiosos de cuya sabia administración dependerán muchas cosas en nuestra vida. La Biblia nos exhorta vez tras vez a hacer un uso adecuado de nuestro tiempo y nos llama a ser sumamente cuidadosos con lo que hablamos. De hecho, un cierto pasaje de la Escritura nos advierte contra el peligro de la lengua, la cual está llena de veneno mortal.
Por ello, el pasaje principal de esta reflexión nos da algunos conceptos muy valiosos que necesitamos considerar en relación con este tema. Hablemos primero acerca del tiempo.
Usa bien tu tiempo
Todos hemos escuchado o usado frases como:
- Hay tiempo para todo
- El tiempo no me alcanza para nada
- ¿Por qué hay gente a la que le rinde tanto el tiempo?
- No tengo tiempo para eso
- Mi tiempo vale demasiado
Estas frases nos recuerdan algo muy importante, que el tiempo es un elemento absolutamente esencial de nuestras vidas, aunque no siempre pensamos en ello.

El solo hecho de que miremos nuestros relojes continuamente es una muestra de ello. Solemos ver cómo se mueve esa manecilla, aunque no siempre prestamos atención concienzudamente a ello, de manera implacable e inescrupulosa. Ella no hace caso de cómo estamos invirtiendo el valioso don del tiempo, simplemente sigue su curso.
También recuerdo a uno de mis profesores de la universidad, un hombre avanzado en años, que bromeaba cuando lo felicitábamos por su cumpleaños diciendo que en lugar de desearle un feliz cumpleaños más bien le diéramos el sentido pésame.
Aunque pueda sonar como una broma fuerte, ese comentario refleja una gran realidad: el tiempo de nuestra vida terrenal es breve, nuestros años son pocos y nuestra partida es siempre inminente.
Por esa razón, el texto principal nos está invitando a redimir el tiempo. Lo que naturalmente nos lleva a preguntarnos: ¿Qué significa exactamente redimir el tiempo o cómo podemos aplicarlo?
Primero que todo, la palabra redimir nos comunica que debemos aprovechar lo mejor posible el tiempo o, en otras palabras, hacer un buen uso de él. Para ello, hay algunas cosas que debemos tener claras en cuanto al tiempo.
Debemos reconocer que el tiempo es un don limitado. Permíteme decirte que no, no es cierto que hay tiempo para todo. Y sé que es probable que pienses en aquel pasaje de Eclesiastés 3:1-8 que parece indicar que sí hay tiempo para todo. Pero, lo que realmente nos indica ese texto es que hay un tiempo oportuno para cada cosa. Allí se mencionan veintiocho actividades en pares opuestos: nacer vs. morir, plantar vs. arrancar, entre otras. Lo que nos está diciendo es que cada uno de nosotros va a desarrollar esas diferentes actividades o atravesar esas diferentes temporadas, y que debemos actuar consecuentemente con cada ocasión que Dios nos presenta en la vida. Así que es incorrecto decir que hay tiempo para todo, ya que, si en realidad hubiese tiempo para todo, entonces no necesitaríamos el mandato de redimir el tiempo.
Todos tenemos 24 horas al día, 168 horas a la semana, 730 horas en promedio al mes, 8760 horas al año. Por más que queramos no podemos estirarlas o reducirlas, el tiempo corre igual para todos.
Por otro lado, nuestro tiempo es limitado debido a la realidad de la muerte. ¿Cuánto tiempo nos queda en este mundo? No lo sabemos. Nuestra vida es como un reloj de arena con la parte inferior de un vidrio transparente y la superior con un vidrio oscuro. Podemos ver que la arena está cayendo, pero no sabemos cuánta arena queda todavía.
Además, el tiempo es un recurso no renovable. ¿Cuántas veces hemos escuchado, “si yo hubiera hecho” o “quisiera devolver el tiempo para hacer esto o aquello”? Pero el tiempo que se va no regresa, aunque lloremos amargamente por él como Esaú, que aunque procuró la bendición con lágrimas, ya era tarde para recuperar lo que había profanado y menospreciado.

Entonces, ¿existe alguna manera de reajustar la frase “hay tiempo para todo” por otra expresión que corresponda mejor a la enseñanza bíblica? Una escritora cristiana llamada Ana Ávila lo expresa muy bien cuando dice: “No siempre hay tiempo para hacer las cosas que quisiera estar haciendo, pero siempre hay tiempo suficiente para hacer las cosas que debería estar haciendo”.
Hace algún tiempo, tuve un excelente año en la lectura. Me propuse leer 15 libros al año en medio de todas las ocupaciones que tenía y de otras lecturas requeridas por razón del ministerio, y al final conseguí cumplir esa meta. Pero para el siguiente año fui un poco más ambicioso y me propuse leer 25. Tristemente, esa vez no pude cumplir. Entre varios factores, hubo uno que no consideré en su momento: la llegada de mi hija y los cambios que eso traería a nuestra familia. Así que debo reconocer que no siempre hay tiempo para hacer lo que quisiera estar haciendo.
Nuevamente nos surge otra pregunta muy importante: ¿Qué se supone que debería estar haciendo? Para responder a esta pregunta adecuadamente es necesaria la sabiduría de Dios, por eso dice Pablo: “Andad sabiamente”. Aunque el pasaje está directamente relacionado con la inversión de nuestro tiempo en los de afuera, es decir, los que no conocen a Dios, el mismo principio aplica para otras áreas de nuestra vida.
Ahora bien, ¿cómo respondemos a la pregunta que nos hemos formulado sobre qué es lo que debería estar haciendo? Para ello, debemos preguntarnos antes: ¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿Para qué me trajo Dios a este mundo y con qué propósito me ha salvado? Hay dos grandes respuestas a estas dos grandes preguntas:
- Hemos sido salvados y estamos aquí para amar a Dios.
- Hemos sido salvados y estamos aquí para amar a nuestro prójimo.
29 Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. 30 Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. 31 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos.
Marcos 12:29-31
Así que, cada uno debe pedir a Dios la sabiduría y el discernimiento para entender cuál es la manera particular en que puede llevar a cabo estos dos grandes propósitos: En cuanto a amar a Dios, una buena manera de invertir el tiempo es en el estudio de la Palabra, en la oración, en la adoración, en la obediencia. En cuanto a amar a mi prójimo, primero debo identificar quién es mi prójimo.
Si nuestro prójimo es nuestra familia, entonces invirtamos tiempo en servirlos, en hablar con nuestras esposas, en enseñarles la Palabra de Dios, en jugar con nuestros hijos y en amarlos, recordando que amarlos es servirlos cariñosa y desinteresadamente.
Si nuestro prójimo es la iglesia local, entonces invirtamos tiempo en servir a nuestra iglesia. Utilicemos los dones, los talentos y las capacidades que Dios nos ha dado para beneficio de nuestros hermanos en Cristo.
También son nuestros prójimos quienes están afuera. De hecho, es a quienes Pablo tiene en mente cuando escribió estas palabras. Él nos anima a que usemos sabiamente nuestro tiempo para alcanzar a otros que no conocen a Jesús.

Pero siempre debemos ser cuidadosos con el desequilibrio. Hay quienes invierten todo su tiempo en la familia, todo es para ellos y terminan endiosando a la familia. Por el contrario, hay quienes dedican su mejor tiempo a los de afuera, hasta el punto de que descuidan a sus familias. La respuesta correcta es el equilibrio. No puedo encerrarme con mi familia olvidándome de que tengo la misión de alcanzar a otros con el evangelio (Mateo 28:19), pero tampoco debo ser luz para los que están afuera y oscuridad o ausencia para los que están en casa.
Por lo tanto, entendemos la importancia de dedicar tiempo, con sabiduría, a los que están afuera sin Cristo sin descuidar aquellas otras cosas que también son importantes.
Pero ahora debemos preguntarnos: ¿cómo invertir adecuadamente ese tiempo que hemos destinado? Así es como llegamos al versículo 6 de nuestro texto principal. Todos sabemos que una gran parte del tiempo que invertimos en otros consiste en hablar con ellos. Cualquiera que sea la actividad, las palabras tienen un papel muy activo. Por eso necesitamos considerar el siguiente punto.
Sazona bien tus palabras
Esta declaración está directamente relacionada con la anterior para mostrarnos cómo deberíamos expresarnos hacia los de afuera. Pero antes, permítanme dar algunos ejemplos de cómo no debemos hacerlo.
Cuando nos relacionamos con los no creyentes, solemos hablar sobre muchas cosas inocuas: el clima, el partido de fútbol y las telenovelas, entre otros temas. No me malentiendan, algunas de estas cosas nos permiten conocer mejor a las personas y entablar progresivamente una amistad con ellas, pero nuestra conversación debe ir más allá de estas cosas para buscar y crear oportunidades para hablar de lo más importante. Recordemos que el tiempo es limitado y queremos usarlo bien.
Es cierto que a veces nos apresuramos a hablar de la Biblia y de las cosas espirituales, y podemos llegar a ser ásperos con las personas. Somos prontos para juzgar e incluso para condenar y no mostramos el tierno amor de Cristo que perdona al pecador.

Pero lo que sí debemos hacer, según el texto, es hablar con gracia. Esto significa: hablar con amabilidad y simpatía. No es tanto que digamos cosas bonitas, que seamos pausados o que hablemos con voz suave. Es más bien que nuestras palabras transmitan la gracia de Dios. Nuestras palabras deben estar llenas de amabilidad, incluso cuando tenemos que mostrar la realidad del pecado. Nuestras palabras deben estar llenas de la gracia de Dios y hacerla notoria.
También nuestras palabras deben estar sazonadas con sal. En Marcos 9:50 Jesús dice: “Buena es la sal”. En la antigüedad, la sal era muy útil para varios propósitos. La sal es uno de los condimentos más antiguos utilizados para dar sabor a la comida (Job 6:6). También se usaba para preservar alimentos y como desinfectante. Por ejemplo, se utilizaba para limpiar a los bebés recién nacidos, entre otros usos. Por eso Jesús dijo que la sal era buena.
Así que, sazonar nuestras palabras con sal es condimentar nuestras palabras para transmitir cosas buenas y edificantes, palabras que sean de bendición a nuestros oyentes.
Otros dos textos de la Escritura lo expresan así:
sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;
1 Pedro 3:15
24 Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; 25 que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, 26 y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él.
2 Timoteo 2:24-26
Si tomamos en consideración estas palabras llenas de la sabiduría de Dios, entenderemos cómo podemos responder a cada persona y comunicar nuestra fe en Cristo de una forma que sea de bendición para quienes escuchan, esperando que así puedan llegar a la salvación.
Me gustaría terminar con el ejemplo de Jesús. En su conversación con la mujer samaritana el Señor nos permite ver de manera práctica lo que hemos estado aprendiendo.
Jesús fue en busca de la mujer samaritana porque “le era necesario” (Juan 4:4). Él le dedicó tiempo, incluso sacrificando su comida. En Juan 4:31-38 los discípulos le rogaban que comiera, pero él tenía una comida más importante: llevar la Palabra de Dios a aquella mujer. Curiosamente, también hizo referencia a la importancia de invertir tiempo en sembrar.
Jesús le habló con gracia. Él sacó a relucir su conducta pecaminosa y su vida sentimental desastrosa, pero lo hizo comunicando interés y amor genuino, tanto que aquella mujer no se sintió condenada, sino que creyó en él.
Además, la palabras de Jesús estaban sazonadas con sal y por ello trajo sabor, limpieza y purificación a la vida de esta mujer. Dios nos dé su gracia para que podamos ser fieles reflejos de nuestro Señor y Maestro.
Finalmente, recordemos las palabras de Ana Ávila que mencioné anteriormente: “No siempre hay tiempo para hacer las cosas que quisiera estar haciendo, pero siempre hay tiempo suficiente para hacer las cosas que debería estar haciendo”.