La oración es uno de los grandes privilegios que tenemos al ser hijos de Dios, uno de los grandes recursos puestos a nuestra disposición para nuestro crecimiento espiritual y una de las más poderosas armas que portamos como soldados de Jesucristo.

Mediante la oración nos presentamos frente al mismísimo trono de Dios, quien, aunque es el rey supremo de todo lo creado también es nuestro propio Padre, el Padre nuestro que está en los cielos.

¿Nos hemos detenido a pensar por un instante lo que significa que podamos llamar a Dios: Padre? ¿Hemos considerado todo lo que eso implica para nosotros? ¿Hemos saboreado, por así decirlo, el que ahora podamos dirigirnos a él libre y confiadamente, sabiendo que en él encontramos a un padre amoroso, protector, proveedor y sabio? Realmente no hay palabras para describir lo maravillosa que es esta verdad.

¿Qué es la oración?

Como ustedes bien saben, por oración nos referimos, simple y llanamente, al acto de hablar con Dios, ya sea que lo hagamos de manera silenciosa en nuestros pensamientos o articulando en voz audible nuestras palabras. Sin importar la forma, Dios oye las palabras que elevamos a él. Él está verdaderamente atento a lo que cada uno de nosotros le expresemos porque nos ama profundamente.

Recordemos que orar no es solo pedir. La oración incluye adoración y alabanza, incluye confesión, agradecimiento y, por supuesto, incluye petición.

He mencionado que la oración es un PRIVILEGIO, esto es así porque la oración nos pone en contacto directo con Dios, nos acerca a su persona, posibilita que podamos dirigirnos a él y expresarle lo que hay en nuestros corazones. También he dicho que la oración es un RECURSO, porque mediante el uso de ella Dios pone a nuestra disposición su poder inagotable para suplir nuestras necesidades espirituales y materiales. Y he dicho también que es un ARMA, porque a través de ella libramos grandes batallas, enfrentamos nuestra lucha contra el pecado y contra las maquinaciones engañosas de Satanás.

Teniendo en cuenta todo esto, tiene todo el sentido del mundo que la Palabra de Dios nos instruya e invite una y otra vez a orar. Una de esas invitaciones proviene del apóstol Pablo, quien dijo: “Perseverad en la oración”.

La perseverancia requerida

Hemos hablado un poco de lo que quiere decir la palabra oración. Pero, ¿qué es perseverar? Se trata del acto de mantenerse constante en algo, de insistir en la práctica de una doctrina o en el cumplimiento de un deber. Algunos de sus sinónimos son: dedicarse a, continuar en, ser constante, persistir. Cada uno de estos sinónimos apunta a que debemos poner atención a la oración e invertir tiempo y energía en la práctica de ella. La oración es un componente vital de la vida del creyente.

Veamos algunos ejemplos neotestamentarios de esta insistente invitación a encontrarnos con Dios mediante la oración perseverante, primeramente en las palabras del apóstol Pablo:

gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración;

Romanos 12:12

orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;

Efesios 6:18

Luego encontramos en el libro de Hechos que, mientras los discípulos esperaban la venida del Espíritu Santo según la promesa del Señor, perseveraban unánimes en la oración:

Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Hechos 1:14

Más tarde, cuando la carga de trabajo era abundante y ponía en riesgo la dedicación de los apóstoles al ministerio de la oración, encargaron a algunos hermanos ciertas responsabilidades para poder así perseverar en ella:

Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.

Hechos 6:4

Los apóstoles entendían que la obra del Señor avanzaba no por el excesivo trabajo de los hombres, sino por el mover de la mano poderosa de Dios.

Las referencias bíblicas estarían incompletas si no tenemos en cuenta las palabras de nuestro Señor, cuya vida de oración cautivó a los discípulos al punto de que querían que él les enseñara a orar; aquel de quien el autor de la carta a los Hebreos escribió:

Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente.

Hebreos 5:7

Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó acerca de la perseverancia en la oración con su vida y con sus palabras. A continuación, dos ejemplos concretos:

El primer ejemplo es la parábola de una viuda que fue ante un juez malo para pedir que este le hiciera justicia. El juez, aunque era malo y no le importaba en lo más mínimo el caso de la mujer, finalmente la ayudó por causa de su insistencia, es decir, de su perseverancia.

1 También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar,… 7 ¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?

Lucas 18:1,7

El segundo ejemplo es el de la famosa frase de Mateo 7:7-11:

7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 8 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? 10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? 11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?

¿Cómo se ora con perseverancia?

De acuerdo con lo que hemos expresado hasta el momento no cabe duda de la importancia de la oración perseverante, pero bien podríamos preguntarnos, ¿Cómo es que se ora con perseverancia?

En primer lugar, cuando hacemos de la oración un hábito que se practica a diario. Cuando de manera personal y privada dedicamos tiempo a hablar con nuestro Padre celestial y a cultivar nuestro compañerismo con él. Es triste decirlo, pero muchos cristianos no pasan tiempo en oración. Las causas pueden ser muy variadas: por pereza, por no entender la importancia de su vida de oración, por falta de tiempo, por desánimo o incluso por pecado sin confesar.

En segundo lugar, oramos con perseverancia cuando insistentemente suplicamos por nuestras necesidades. La verdad, creo que a veces nos hace falta mucha confianza cuando pedimos cosas a nuestro Dios, especialmente en lo relacionado con nuestras necesidades materiales: alimento, vestido, salud, etc. Pareciera que nos da vergüenza pedirle a Dios, o quizá asumimos la postura de “a mí no me gusta pedirle nada a Dios”, o, lo que sería mucho peor, que tenemos poca confianza en la capacidad y el deseo de Dios de darnos lo que pedimos.

Sin embargo, Dios nos ha hecho una invitación; nos ha abierto las puertas de par en par. ¿No sería, cuando menos, descortés de nuestra parte ignorar tan generosa oferta? Él nos ha dado libre acceso a su presencia por medio de Cristo, para que acudamos a él, le presentemos nuestras súplicas y todas nuestras necesidades, y clamemos por fuerzas cuando sentimos que ya no podemos más. Él nos ha invitado a acercarnos.

Así que dirigirnos a Dios con confianza no es un atrevimiento; es la respuesta adecuada a su invitación. Acercarnos con confianza es ir a él con la certeza de que somos bienvenidos, escuchados y que recibiremos respuesta pronta y oportuna de parte de nuestro Rey y Padre. En todo caso, es siempre importante recordar que ir a Dios con confianza no significa ser confianzudos, irreverentes o irrespetuosos. Hay un sano equilibrio que es importante mantener siempre.

Una tercera cosa en cuanto a perseverar en la oración es que también es importante hacerlo como iglesia, y no solo en la vida privada y personal. Los discípulos oraban juntos y con un solo corazón. Sus oraciones subían unidas a la presencia de Dios y él les respondía conforme a su gracia y buena voluntad.

Velar en la oración

Hay un último aspecto de la perseverancia en la oración que merece nuestra atención. El apóstol Pablo lo menciona en uno de los textos que vimos previamente:

orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;

Efesios 6:18

Me refiero a esta idea de velar, lo cual significa vigilar, estar alerta. ¿Cómo lo hacemos, entonces? Sencillamente, estando despiertos. Creo que la oración demanda de nuestra parte concentración e intencionalidad. Necesitamos estar atentos a lo que le estamos expresando a Dios y nuestros pensamientos deben estar enfocados.

Con toda seguridad todos hemos experimentado gran dificultad para orar en algunos momentos específicos. En ocasiones, nos encontramos cansados y cuando intentamos orar los párpados nos pesan, tenemos un sueño terrible y perdemos la batalla ante el sueño. O también nuestra mente se desvía y se extravía entre muchos y diversos pensamientos o preocupaciones que nos desenfocan.

Así que tiene que ver con estar atentos sobre los asuntos por los que estamos orando, tomar en cuenta lo que estamos pidiendo al Señor y hacer seguimiento a esas cosas. Nuestra vida de oración debe ser un poco más ordenada. Debemos ser conscientes de lo que pedimos y por qué lo pedimos. Y debemos estar atentos cuando Dios responde nuestras oraciones, para que podamos mostrarle nuestra gratitud y alabanza.

¿O acaso no les ha pasado que alguien nos pide que lo apoyemos en oración y se nos olvida orar por esa petición? ¿Por qué pasa esto? Porque no estamos siendo vigilantes.

Además, ¿no les ha pasado que les piden orar por algo y lo hacen una vez y luego se olvidan? ¿Cómo podemos perseverar en orar por alguien si no recordamos hacerlo? Simplemente, no hay manera.

Por otro lado, nos puede pasar con nuestra propia vida de oración. Hoy pedimos una cosa, mañana otra, y finalmente no sabemos qué es lo que estamos pidiendo. ¿Cómo vamos a reconocer después que Dios nos ha contestado para darle gracias y alabarlo? Para fortalecer este aspecto de nuestra vida conviene que llevemos un listado de nuestras peticiones o de las que otros nos han solicitado, para que podamos recordarlas y traerlas perseverantemente ante el Señor.

Después de considerar todo lo dicho, solo me resta animarlos a orar en todo tiempo y lugar, a recordar el gran privilegio que tenemos al ser llamados hijos de Dios, por lo cual contamos con este gran recurso que, además, es un arma muy poderosa que tenemos los soldados de Jesucristo. Así que no desaprovechemos la maravillosa oportunidad de tener comunión con nuestro Padre celestial por medio de la oración.