Hace algún tiempo, leí un artículo de un periódico titulado: “Nadie necesita la religión”. En él se presentaban las respuestas de un historiador practicante del Islam a unas preguntas sobre la religión. Una de sus afirmaciones fue: “Por supuesto, la principal metáfora de Dios en el cristianismo es el hombre. El cristianismo nos dice que imaginemos al ser humano más perfecto, perfectamente bueno, perfectamente compasivo: ese es Dios.”
En respuesta a la pregunta: “Finalmente, ¿qué es Dios para usted?” él respondió: “Dios es todo y todo es Dios.”
Aunque estas ideas son difundidas por una persona que no es cristiana, encontramos que muchos que afirman ser seguidores de Cristo también sostienen cosas semejantes que son contrarias a la verdad de las Escrituras.

Históricamente, el cristianismo ha enfrentado diversos retos. Uno de ellos ha sido la terrible persecución que muchos de nuestros hermanos han experimentado desde los comienzos de la iglesia y que aún hoy se vive fuertemente en algunos lugares del mundo. En nuestro contexto, vivimos una suerte de persecución diferente que no llega a ser física, pero mediante la cual experimentamos presión de la sociedad debido a nuestro mensaje, que para muchos resulta extremadamente controversial y anticuado.
Otro de estos retos, que por ser más sutil tiende a ser más peligroso, es la confrontación con la falsa enseñanza, debido a que mediante este recurso el enemigo intenta socavar los fundamentos mismos de nuestra fe y distorsionar nuestra comprensión respecto a quién es Dios y su obra en nosotros.
Por supuesto, esta lucha no es nueva. Los cristianos de los tiempos apostólicos fueron testigos del surgimiento de ideas contrarias a la Biblia y los apóstoles del Señor estuvieron prestos para contrarrestarlas con el mensaje de Dios.
Siendo que se trata de un peligro sobre el cual estamos más que avisados, debemos preguntarnos: ¿Cómo podemos los cristianos contrarrestar la confusión que hay en el mundo por tantas ideas contrarias a las Escrituras? ¿Cómo podemos guardar nuestros corazones y nuestras mentes del error? El apóstol Juan, un valiente defensor de la verdad del evangelio, tiene mucho que enseñarnos al respecto.
1 Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. 2 En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; 3 y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. 4 Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. 5 Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. 6 Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error.
1 Juan 4:1-6
La proliferación de las falsas ideas
Lo primero que Juan hace es recordar que sus palabras provienen de un corazón que ama a los creyentes. Ellos son amados porque Dios los ama, pero también porque están en el corazón del apóstol. La advertencia siguiente viene, entonces, de un corazón lleno del amor y de la ternura de Cristo.
Él nos advierte que no creamos a todo espíritu. Al decir esto, nos invita a que consideremos cuidadosamente de dónde proceden las ideas que escuchamos. Con la palabra “espíritu” nos hace pensar que, detrás de quien habla, hay algo o alguien que está ejerciendo algún tipo de influencia. Por ello, debemos preguntarnos: ¿De quién provienen, en última instancia, estas palabras?
Debemos recordar que el acto de creer debe ser un acto selectivo. Si bien la fe es una de nuestras banderas como cristianos, debemos recordar que no estamos llamados a creer en cualquier cosa, sino que nuestra fe debe estar enfocada y dirigida hacia una persona, cuyo carácter, vida, obra y mensaje se encuentra en la Biblia. Por supuesto, esta persona es Jesucristo, el hijo de Dios.
Mediante este texto, somos animados a no ser crédulos sino creyentes. Aunque estas dos palabras a veces son usadas como sinónimas, la verdad es que hay una marcada diferencia entre ellas. Para poder distinguirlas, hagamos una comparación entre lo que es una persona crédula y lo que es un creyente.
La persona crédula es la que acepta cualquier idea sin cuestionar su origen o su veracidad. El creyente es aquel que evalúa las cosas para determinar si son dignas o no de confianza.

La persona crédula no está consciente del peligro de las ideas anti-bíblicas. El creyente sabe que la distorsión de la verdad puede dañar su propia vida y la de los que le escuchan. Acerca de esto, el apóstol Pablo dijo a Timoteo (1 Timoteo 4:16): “ten cuidado de ti mismo y de la doctrina, porque haciendo esto te salvarás a ti mismo, y a los que te oyeren”. Es sumamente perjudicial para la vida de iglesia cuando permitimos que las ideas heréticas o contrarias a la verdad tomen el lugar de la Palabra de Dios.
La persona crédula es aquella que no es consciente de que somos ovejas en medio de lobos rapaces y que ignora las advertencias de Jesús al respecto. El creyente es alguien que reconoce el hecho de que (vs. 1b) “muchos falsos profetas han salido por el mundo”, y por ello se encuentra vigilante. Algo que debemos recordar es que los falsos profetas son ministros de Satanás, y que así como Satanás se disfraza como ángel de luz, estos también aparentan ser ministros de justicia.
Pregunto: ¿Somos el resultado de millones de años de evolución? La respuesta es NO. ¿Nuestra sexualidad está determinada por nuestra cultura y es una construcción social, como profesa la ideología de género? Nuevamente, NO. Sin embargo, muchas de estas ideas han encontrado cabida en las congregaciones cristianas que empiezan a dejar a un lado el estudio serio de la Biblia y sucumben ante la presión del mundo.
Frente a esta realidad, Juan nos dice que debemos “probar los espíritus”. Es decir, examinarlos, ponerlos a prueba, distinguirlos. El propósito de este examen es determinar si realmente estos pertenecen a Dios. Es así como llegamos al siguiente punto de esta reflexión:
El medio eficaz para distinguir la verdad del error
En los primeros capítulos de su primera epístola, Juan nos da algunas herramientas que nos permiten distinguir al verdadero hijo de Dios de aquel que dice que lo es, pero que no lo es realmente. Estas pruebas, también podemos aplicarlas a los falsos maestros:
- ¿Reconocen su pecado y lo confiesan?
- ¿Escuchan y obedecen la palabra de Dios?
- ¿Aman a los hermanos?
- ¿Viven en santidad?
Adicional a estas pruebas de carácter, Juan nos presenta una más de tipo teológico: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios, quien hace lo contrario, no es de Dios y habla bajo la inspiración e influencia del espíritu del anticristo. Juan nos dice claramente que todo aquel que habla la verdad respecto a la persona de Cristo, proviene de Dios, pero el mentiroso niega a Cristo negando algún aspecto de su persona.
18 Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. 22 ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. 23 Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre.
1 Juan 2:18,22-23
Sabemos que una persona que proclama la verdad de Cristo está siendo guiada por el Espíritu de Dios, porque el mismo Señor nos enseñó que este era el ministerio principal y fundamental del Espíritu Santo. Desde la antigüedad, el Espíritu de Dios está anunciando a Cristo. La Biblia misma es el testimonio del Espíritu Santo respecto a quién es Cristo.
Algunos ejemplos de esto:
El Espíritu estaba en los profetas anunciando los sufrimientos de Cristo y su gloria futura:
10 Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, 11 escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos.
1 Pedro 1:10-11
Los que predican lo hacen en el poder del Espíritu:
12 A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo;
1 Pedro 1:12
Los profetas y los apóstoles hablaron siendo guiados por el Espíritu Santo:
21 porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.
2 Pedro 1:21
Esto no lo dicen solo los apóstoles, sino que el mismo Señor Jesucristo, cuando hizo referencia a que él enviaría otro consolador, dijo lo siguiente:
15 Si me amáis, guardad mis mandamientos. 16 Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17 el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros… 26 Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.
Juan 14:15-17,26

Así que el ministerio del Espíritu Santo consiste en revelar a Cristo a los hombres. Por ello ha inspirado la Biblia, reposa en el corazón de los creyentes para guiarlos a toda verdad, nos muestra todas las cosas y nos recuerda todo lo que Cristo nos ha enseñado, y es él quien está detrás de cada persona que proclama el evangelio con fidelidad, testificando juntamente con el mensajero que Cristo es el Señor.
Por su parte, los falsos maestros han propagado ideas opuestas al testimonio del Espíritu de Cristo a lo largo de la historia. Algunas de estas son:
- Apolinarismo (310 d. C.): Cristo no tuvo un espíritu humano, sino que el Verbo hacía las veces de tal.
- Nestorianismo (451 d. C.): El Verbo moró en la persona de Jesús, haciendo de Cristo el portador de Dios en lugar de ser Dios-hombre.
- Eutiquianismo (378 d. C.): La naturaleza humana de Cristo fue absorbida por el Verbo.
- Monofisismo (460 d. C.): Cristo tuvo una sola naturaleza, la divina.
- Monotelismo (638 d. C.): Cristo no tuvo voluntad humana, solamente voluntad divina.
Al mirar estas posturas vemos una tendencia a negar un hecho fundamental de nuestra fe que es la humanidad de Cristo.
Sin embargo, hoy en día encontramos lo opuesto, vemos un enfoque excesivo en negar la divinidad de Cristo. Se le quiere presentar como un gran maestro, un buen hombre, un gran profeta, incluso un revolucionario judío que puede ser usado como símbolo para diferentes causas, pero no como lo que verdaderamente es: Dios omnipotente y creador de todo.
Por nuestra parte, aunque entendemos que el misterio de la encarnación es insondable, creemos en la sencilla pero poderosa verdad de que Jesucristo es Dios en toda la extensión de la palabra y de la misma manera hombre sin pecado. Que siendo Dios eterno, es igual al Padre y al Espíritu en toda esencia y perfección divina; y, siendo hombre encarnado, tomó nuestra naturaleza para siempre y la sentó a la diestra de la majestad de Dios en las alturas. Llevando así a la humanidad sacada del polvo de la tierra a la eterna comunión del Dios trino.
Cuando escuchamos entonces la negación de la verdad fundamental acerca de quién es Jesucristo nos encontramos frente a frente con alguien que está siendo influenciado por el espíritu del anticristo.
Y así llegamos al último punto de esta reflexión:
Solo los que son de Dios escuchan su voz
Juan empieza el versículo 4 afirmando su convicción en cuanto a su audiencia, afirmando que ellos pertenecen a Dios. Y como pertenecen a Dios tienen la victoria sobre los falsos maestros. La victoria aquí está relacionada con el hecho de que los creyentes genuinos no sucumbimos ante la falsedad sino que mantenemos nuestros corazones afianzados en la Palabra.
Ahora bien, esta victoria no se debe a nuestro gran intelecto ni a la asombrosa y rápida capacidad de analizar cosas. La verdad es que nuestra victoria se debe a la presencia permanente y a la guía constante del Espíritu Santo en nosotros. De otra manera, estaríamos a la merced de los falsos maestros. Juan dice que los hemos vencido porque mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo.
Juan afirma que los falsos profetas (anticristos) son del mundo y por ello sus palabras son agradables para el mundo. Esa es la razón fundamental por la que el mundo los oye. Es muy fácil adaptar a Jesús para que sea querido por todos. Lo vemos hoy en todas partes.

Incluso, la persona de Cristo es usada como bandera por movimientos que él jamás aprobaría. Basta con que digamos que él es puro amor y que no le interesa la manera en que vivamos para ganarnos el afecto de las multitudes. Pero cuando presentamos a Cristo en su real magnitud, como el Dios de amor pero también como aquel que demanda todo de nuestras vidas, esto suena demasiado radical para muchos. Así seremos tratados de fanáticos, intolerantes, extremistas, retrógrados y homofóbicos, entre muchas otras cosas.
Al mundo no le gusta un Cristo que exija tanto, pero esto no es de extrañarse. Sé que muchas veces tenemos el deseo de tener nuestras iglesias a reventar, también yo lo deseo con el corazón, pero esto no debe nublarnos el juicio. Debemos saber con claridad que algunos permanecerán y otros no. Jesús lo dijo claramente: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.” Los que son de Dios, la voz de Dios escuchan, pero los que no son de él simplemente no escucharán su voz.
Con todo lo dicho, como creyentes tenemos la gran responsabilidad de sostener la verdad de la Palabra de Dios en un mundo que amenaza con distorsionar, tergiversar o relativizar su mensaje.
El punto no es cerrar los oídos para no escuchar absolutamente nada, sino más bien tener discernimiento, es decir, desarrollar la capacidad de filtrar lo que escuchamos y leemos. Dicho de otra manera, someter toda idea, pensamiento o enseñanza a la luz de la Escritura, para que ella nos guíe a aceptarla o rechazarla, defenderla o refutarla. Para ello, por supuesto, es necesario que conozcamos bien lo que la Palabra de Dios dice, en especial, respecto a quién es Cristo y a cuál es su enseñanza.