19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? 20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. 21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No. 22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo? 23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.

Juan 1:19-23

En mis tiempos de estudiante de bachillerato tuve un profesor que era muy carismático. Él era el maestro favorito de muchos estudiantes porque sus clases eran muy divertidas y amenas. Con él aprendimos inglés al tiempo que conocíamos la historia de nuestra ciudad (Cartagena de Indias) que es muy rica y dramática. Nuestro profesor también tenía algo de filósofo y un día en clase nos hizo esta pregunta: ¿Quién eres? Pensamos un poco antes de contestar hasta que al fin alguno se animó y dijo: Yo soy un estudiante de bachillerato. Él dijo: No pregunté qué haces sino quién eres. Otro contestó: Yo soy Jaime Montenegro, a lo que él respondió: No pregunté por tu nombre sino quién eres.

A decir verdad, no recuerdo cuál fue mi respuesta, y sé que no fue la correcta, porque de haberlo sido lo recordaría 😉. Pero si hubiera dicho, por ejemplo: yo soy un cristiano, seguramente me habría respondido: No pregunté qué religión profesas sino quién eres tú.

Para no alargar la historia, ninguno de nosotros pudo dar con la respuesta, pero la verdadera desilusión es que él tampoco la tenía. Todos salimos de esa clase perplejos porque no teníamos la menor idea de quiénes éramos. Lo cual nos lleva a lo siguiente, ¿Te has preguntado alguna vez quién eres en realidad?

Para tratar de dar una respuesta satisfactoria a esta pregunta, estudiemos lo que Dios nos enseña por medio de la vida de Juan el Bautista en el texto de Juan 1:19-23.

El tiempo en que se desarrolla lo relatado en el texto, era un tiempo de gran expectativa. Los judíos abrigaban la esperanza de la llegada del Mesías que se les había prometido, razón por la cual un ministerio como el de Juan el Bautista atrajo su atención. Por esta razón, desde la ciudad de Jerusalén enviaron personas a indagar quién era este a quien descendía mucha gente en toda la provincia de Judea y Perea para escuchar su mensaje y ser bautizados por él confesando sus pecados.

Así que, una vez llegados y habida la oportunidad de conversar con él, en Juan 1:19 le preguntaron: ¿Tú quién eres? La pregunta no solo procuraba establecer su identidad sino también su autoridad para hacer lo que hacía. En consecuencia, dicha pregunta tenía un componente despectivo e implicaba menosprecio por su labor. Es como si le estuvieran preguntando: ¿Quién te crees que eres para convocar así al pueblo? ¿Quién te crees que eres como para bautizar a las personas y en nombre de quién lo haces? La respuesta de Juan no se pareció en nada a la de mis compañeros de clase ni a la mía en el colegio, su respuesta fue segura y llena de convicción porque él sí sabía quién era.

En primer lugar, él comenzó indicando quién no era, para así despejar cualquier concepto errado sobre su persona que pudieran tener los líderes religiosos y la multitud de personas que le seguían. 

Él admitió en Juan 1:20: No soy el Cristo. Juan tenía un ministerio muy impactante y un carácter moral muy atractivo. Predicaba con pasión, firmeza y convicción, y la gente respondía a su mensaje. Por eso, tenía sentido pensar que podía ser el Mesías que se les había prometido. Sin embargo, Juan confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo.

Posteriormente, en Juan 1:21 los sacerdotes y levitas le preguntaron: ¿Eres Elías? y Juan respondió: No soy. No obstante su respuesta, es necesario aclarar que en un sentido, Juan el Bautista sí era el Elías que Dios enviaría como precursor de Su Mesías.

En Malaquías 3:1 dice:

He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí…

Malaquías 4:5:

He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.

Luego, el mismo Señor Jesús, interpretando las Escrituras dice en Mateo 11:14 tocante a Juan:

Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir.

Aquí entonces nos surge la siguiente pregunta: Si el mismo Señor Jesús afirmó que Juan era el Elías de la profecía de Malaquías, ¿por qué Juan respondió que no lo era? ¿Puede que no lo supiera? Tal vez, su respuesta se deba simplemente a que los líderes religiosos estaban entendiendo que el mismo Elías que ascendió sin ver la muerte había descendido y era quien estaba delante de ellos predicando el arrepentimiento, y claramente Juan no era ese Elías. En otras palabras, lo que estaría diciendo es: no soy Elías, en el sentido en que ustedes lo entienden.

Pero entonces, ¿En qué sentido era Juan el Elías que había sido profetizado en el Antiguo Testamento? En su libro: La Vida de Elías, A. W. Pink escribe lo siguiente: “Era el profeta más eminente reservado para la época más corrupta.” El tiempo en que Juan el Bautista aparece en la escena es también un tiempo de gran decadencia espiritual, esta vez ya no por la idolatría, sino más bien, por una adoración vacía y carente de significado, la cual es completamente abominable ante los ojos de Dios.

También el ángel que anunció el nacimiento de Juan el Bautista aclara a su padre que se le llama Elías en un sentido profético debido a que según Lucas 1:16-17:

…hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.

La siguiente pregunta que le hicieron fue: ¿Eres tú el profeta? Aquí debemos notar que ellos no querían saber si él era un profeta, porque eso era algo bastante obvio, sino que querían saber si él era EL PROFETA, en el sentido exclusivo del título. La pregunta se refiere a aquel de quien escribió Moisés en Deuteronomio 18:18-20:

Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta.

A lo que Juan respondió: No.

Ellos entonces, sin tener más opciones, o no queriendo dilatar más el asunto le preguntaron en Juan 1:22: “¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” Él dijo (Juan 1:23): “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.”

De esta declaración, podemos extraer algunas enseñanzas preciosas para nuestra vida en diferentes ámbitos, pero especialmente en relación con la pregunta que nos ocupa: ¿Quién soy?

Lo primero que vemos es que Juan el Bautista definió su identidad por medio de lo que Dios dijo respecto a él en su bendita Palabra, que hoy conocemos como La Biblia. Dios dijo que él era la voz de uno que clama en el desierto (Isaías 40:3) y para Juan eso era suficiente, no ambicionó nada más. Esto era porque Juan no estaba tan preocupado por su propio éxito tanto como lo estaba por honrar a su Señor. Si como él, nosotros vivimos en los términos en que Dios nos define, podremos realmente tener una vida exitosa, ya que el éxito no consiste tanto en que todo marche bien en nuestra vida sino en que Dios haga su voluntad en nosotros. El pastor y maestro Adrian Rogers dijo: “El éxito es la realización progresiva de la voluntad de Dios para nuestras vidas.” Así que, si la voluntad de Dios es que te corten la cabeza, y te la cortan, entonces tuviste éxito.

Pero no sólo vemos algo en relación con su identidad, sino que también encontramos algo en relación con su posición: Juan era sólo una voz. Él no era el protagonista; no era el centro de atención. Él simplemente era un mensajero. Juan dio a Dios la potencia de su voz, para que Israel escuchara una vez más a Dios clamar por medio de él. ¡Esto es asombroso!

En lo que respecta a nuestra identidad y posición, sabemos con claridad que no podemos aplicarnos el título de voces que claman en el desierto a nosotros de forma literal porque ya vemos que tuvo su cumplimiento en Juan; pero en un sentido práctico y aplicativo también somos voces que claman. Pablo dijo algo semejante cuando escribió en 2 Corintios 5:20:

Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.

La declaración: La voz del que clama en el desierto, nos muestra también que Juan el Bautista no tenía un concepto más alto de sí del que debía tener, ni tampoco más bajo. Jesús dijo de él (Lucas 7:28): “Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista…” y las personas lo tenían como un gran profeta del Señor; a pesar de ello él sólo fue la voz del que clama. Por otro lado, los sacerdotes y levitas quisieron humillarle cuando inquirieron de él en tono burlesco: ¿Tú quién eres? Pero él tampoco se rebajó: él sabía quién era: la voz del que clama en el desierto, el heraldo del Rey de Israel, el precursor del Mesías prometido.

Después de mirar todas estas cosas, aún hay una cosa más que debemos considerar, esto es, su mensaje: Enderezad el camino del Señor. Una voz no sirve de nada si no comunica algo, el mensaje que Juan comunicó fue un llamado al pueblo de Dios a que se volvieran a Él de todo su corazón. Hoy, como antaño, toda carne ha torcido y extraviado su camino ante Dios. Dios manda hoy, como lo hizo hace tanto a su pueblo: Háganse un camino derecho para sus pies. Por eso, nosotros debemos vivir en rectitud y exhortar a otros a vivir en rectitud también. Debemos predicar el enojo de Dios por causa del pecado, pero no debemos olvidarnos de predicar la consolación, la cual también era parte del mensaje de Juan: “Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios.” Isaías 40:1.

No podemos olvidarnos nunca de anunciar al Mesías, quien siendo Dios mismo se hizo hombre, y murió en la cruz, y fue sepultado, y al tercer día venció la muerte con poder. Él es la única respuesta para el problema del pecado que inunda nuestras vidas. Juan llevó a las personas a él, nosotros no debemos hacer menos que eso.

Querido lector, hasta que no sepamos quiénes somos, no vamos a poder tener una vida plena. Por eso, la conclusión, basada en las respuestas de Juan, es que debemos definir quiénes somos con certeza y convicción por medio de la Palabra de Dios. Es la Biblia la que nos dice quiénes somos en verdad. Por ejemplo, la Biblia dice que somos imagen de Dios, que somos su posesión y que también somos sus hijos (por supuesto, si es que hemos rendido nuestra vida a Cristo). Una vez que hemos definimos quiénes somos, debemos comportarnos a la altura de esa comprensión, y cuando nos comportamos a la altura, podemos proclamar con firmeza el mensaje de Dios a una generación desviada, lastimada y agonizante, que necesita hallar su identidad en la Palabra de Dios.

Y, por favor, nunca olvidemos que somos voces, y que nuestro Dios clama por medio de nosotros.